Como un motor sin transmisión, cuya fuerza no llega a las ruedas, es hoy mi vida. He sido muchas cosas, desde butanero a director de un diario, corresponsal, asesor y he estado en los dos lados de las aulas universitarias. El trabajo nunca me ha asustado aunque yo sí me asusto. Hay momentos en que una rabia inmensa y tremenda se derrama hacia fuera anegándolo todo.
Hoy me quedan pocos tesoros humanos, de los otros aún menos, poco más que un pasado intenso que, en momentos en que creí morir, me hizo pensar que había vivido.
Soy absorbente y liberal, celoso y comprensivo, me sobran mala leche y sentido del humor. Soy incoherente, soy humano. No es una disculpa, es una descripción.
Y su imagen planea, una vez más, sobre mi esperanza y temo, bajo su sombra, mirar arriba y darme cuenta que ha sido un espejismo.
domingo, 27 de diciembre de 2009
Por los caminos del ayer
Eugenio y Ascensión, mis abuelos maternos. Mis difusos recuerdos infantiles evocan el juego de claro oscuros de las estancias. Una ventana del pasillo a la sala, en su dintel sujetaba el botijo cotidiano, abría la visión entre el cuarto en tinieblas y el pasillo casi luminoso. En el edificio había un niño con hierros en las piernas, tenía la polio. Jugábamos juntos en un patio cuya enormidad del recuerdo infantil desapareció en una visita de adulto, mi peregrinaje tras la senda del niño que fui. Mi abuelo Eugenio era adusto y austero como castellano de campo. Algo agarrado, en opinión de sus hijas Chon, Rosa, María y mi madre, Leo. Había sido guardia de asalto en la II República y se mostró poco remiso a asaltar el Alcázar durante la guerra. Un certificado de cólico nefrítico de un médico amigo le salvaría de la depuración.
Mi abuela era dulce, de moño eterno y rostro enjuto, se murió cuando lo hizo su marido.
Tuvieron cuatro hijas. La mayor, Chon, casó con un carpintero, Agapito, de la fábrica de armas de Toledo y se fueron a vivir al poblado obrero, una casita baja con huerto, jardín y taller que le daban antaño a los obreros de esa fábrica. Chon tuvo cuatro hijos varones y una hermosa chica. María se casó con un guardia civil, Antonio y se fueron a vivir a Getafe a la calle presidente Kennedy. Tuvo hijo e hija. Rosa se quedó en Toledo y casó con un policía armada, Isidro, que se había pasado durante la guerra con una ametralladora a los nacionales. Tuvieron dos hijas, Rosa y Eugenia.
Mi abuela Rosario, la madre de mi padre, venía de un mundo mágico. Sus apellidos eran Vázquez de Castro y Diez de la Cortina. Había nacido en Filipinas, en una guarnición colonial española, donde abrían el champán a sablazos. Hablaba de las cosas de la Historia en primera persona. Su padre combatió en Cavite, al mando de una sección de infantería de marina. Cayó prisionero de los norteamericanos. En sus historias, que nunca tuvieron el gusto de abuelo Cebolleta, había carlistas y emigrados a América, el conde de la Cortina de la Mancha. Sin embargo fue Sevilla quien dejó mayor impronta en la vestimenta y el habla de mi abuela Rosario. Hacía trampas a las cartas, tenía criada y a ella culpaban los estudiantes de la pensión de al lado, de las bromas de mi abuela.
No conocí a mi abuelo Gustavo. Murió un azaroso 19 de julio de 1936, en la toledana calle las Armas, bajo las balas de la Guardia Civil que no se andaba con distingos cuando corría hacia el Alcázar. Otro 19 de julio, muchos años después nacería su bisnieto Gustavo Morales, mi sobrino. El abuelo Gustavo era republicano de Azaña, con sombrero y fábrica propia, de pastas por más señas. Entre sus ancestros hay un diputado de la primera república española cuyo parecido con mi padre es sorprendente. Bromeaba sobre la entrada de un Morales al mando de una unidad, también de infantería de marina que es una fijación familiar que rompí, en la corte navarra del pretendiente Carlos. Esto trae a mi sangre las gotas de sangre jacobina de Machado, el mayor. La vena republicana, de justicia social, izquierdista en parte, me viene también de mi padre y de mi abuelo.
Safón, una orilla arenada del Tajo, era la playa de Toledo. Allí echaban dreas de barca a barca chavales que no sabían nadar.
Mi padre, atado a una cuerda se tiró desde una barca sin saber nadar. El extremo se le escapó al de la barca y la suerte hizo que la corriente le llevara de nuevo hasta la borda. La cuerda tirado barco arriba. El padre de los niños Pimentel contrató a nadadores profesionales para enseñar a sus dos hijos. Así estaba más tranquilo.
Estuve en las dos bodas de mi padre. En la segunda de fotógrafo. La pareja se trasladó desde Toledo a Madrid, cuando mi padre Gustavo Morales consiguió ingresar en la Dirección General de Tráfico. Me crié con mis hermanos, Elena y Eugenio. Dreas y cantazos en Comillas, un antiguo barrio de ex presos, transformado en poblado gitano. Fui alumno libre hasta cuarto de Bachiller. Una vez al año, por un extraño misterio de los distritos estudiantiles, los de los pares de Antonio Leyva se examinaban en el instituto Cervantes, en la glorieta de Embajadores. Los de los impares de la misma calle nos teníamos que ir a Guadalajara, al Instituto Brianda de Mendoza, cuya palmera en el patio forma parte de los angustiados recuerdos de cuantos nos jugábamos el curso entero en un día de exámenes.
Modesto Marín, quien era algo en el Ministerio de Educación y era amigo de alguien, consiguió que se me considerase de los números pares de Antonio Leyva o algo así y pude matricularme de cuarto de Bachiller en el Instituto Cervantes, acudiendo todos los días a clase. La severa preparación de alumno libre me facilitó la parte educativa del instituto y pude dedicarle más tiempo a la social. Es decir, a enterarme que había un mundo más allá de Toledo y del barrio de Carabanchel.
Mi abuela era dulce, de moño eterno y rostro enjuto, se murió cuando lo hizo su marido.
Tuvieron cuatro hijas. La mayor, Chon, casó con un carpintero, Agapito, de la fábrica de armas de Toledo y se fueron a vivir al poblado obrero, una casita baja con huerto, jardín y taller que le daban antaño a los obreros de esa fábrica. Chon tuvo cuatro hijos varones y una hermosa chica. María se casó con un guardia civil, Antonio y se fueron a vivir a Getafe a la calle presidente Kennedy. Tuvo hijo e hija. Rosa se quedó en Toledo y casó con un policía armada, Isidro, que se había pasado durante la guerra con una ametralladora a los nacionales. Tuvieron dos hijas, Rosa y Eugenia.
Mi abuela Rosario, la madre de mi padre, venía de un mundo mágico. Sus apellidos eran Vázquez de Castro y Diez de la Cortina. Había nacido en Filipinas, en una guarnición colonial española, donde abrían el champán a sablazos. Hablaba de las cosas de la Historia en primera persona. Su padre combatió en Cavite, al mando de una sección de infantería de marina. Cayó prisionero de los norteamericanos. En sus historias, que nunca tuvieron el gusto de abuelo Cebolleta, había carlistas y emigrados a América, el conde de la Cortina de la Mancha. Sin embargo fue Sevilla quien dejó mayor impronta en la vestimenta y el habla de mi abuela Rosario. Hacía trampas a las cartas, tenía criada y a ella culpaban los estudiantes de la pensión de al lado, de las bromas de mi abuela.
No conocí a mi abuelo Gustavo. Murió un azaroso 19 de julio de 1936, en la toledana calle las Armas, bajo las balas de la Guardia Civil que no se andaba con distingos cuando corría hacia el Alcázar. Otro 19 de julio, muchos años después nacería su bisnieto Gustavo Morales, mi sobrino. El abuelo Gustavo era republicano de Azaña, con sombrero y fábrica propia, de pastas por más señas. Entre sus ancestros hay un diputado de la primera república española cuyo parecido con mi padre es sorprendente. Bromeaba sobre la entrada de un Morales al mando de una unidad, también de infantería de marina que es una fijación familiar que rompí, en la corte navarra del pretendiente Carlos. Esto trae a mi sangre las gotas de sangre jacobina de Machado, el mayor. La vena republicana, de justicia social, izquierdista en parte, me viene también de mi padre y de mi abuelo.
Safón, una orilla arenada del Tajo, era la playa de Toledo. Allí echaban dreas de barca a barca chavales que no sabían nadar.
Mi padre, atado a una cuerda se tiró desde una barca sin saber nadar. El extremo se le escapó al de la barca y la suerte hizo que la corriente le llevara de nuevo hasta la borda. La cuerda tirado barco arriba. El padre de los niños Pimentel contrató a nadadores profesionales para enseñar a sus dos hijos. Así estaba más tranquilo.
Estuve en las dos bodas de mi padre. En la segunda de fotógrafo. La pareja se trasladó desde Toledo a Madrid, cuando mi padre Gustavo Morales consiguió ingresar en la Dirección General de Tráfico. Me crié con mis hermanos, Elena y Eugenio. Dreas y cantazos en Comillas, un antiguo barrio de ex presos, transformado en poblado gitano. Fui alumno libre hasta cuarto de Bachiller. Una vez al año, por un extraño misterio de los distritos estudiantiles, los de los pares de Antonio Leyva se examinaban en el instituto Cervantes, en la glorieta de Embajadores. Los de los impares de la misma calle nos teníamos que ir a Guadalajara, al Instituto Brianda de Mendoza, cuya palmera en el patio forma parte de los angustiados recuerdos de cuantos nos jugábamos el curso entero en un día de exámenes.
Modesto Marín, quien era algo en el Ministerio de Educación y era amigo de alguien, consiguió que se me considerase de los números pares de Antonio Leyva o algo así y pude matricularme de cuarto de Bachiller en el Instituto Cervantes, acudiendo todos los días a clase. La severa preparación de alumno libre me facilitó la parte educativa del instituto y pude dedicarle más tiempo a la social. Es decir, a enterarme que había un mundo más allá de Toledo y del barrio de Carabanchel.
Cuando éramos exploradores
Hasta entonces, mis relaciones se dividían entre los niños vecinos del barrio y la familia. Tras la Primera Comunión engordé lo que intensificó la afición por la lectura que transmitía mi padre. Esto y un balonazo ayudaron en mi indiferencia hacia el fútbol. Opté por las chapas y la bicicleta de alquiler cuando hubo dinero en casa. Esto suponía que mi padre encontró otros trabajos como profesor de Historia en un colegio de monjas y de Matemáticas en una academia.
Entré en el grupo scout al que daba cobijo la parroquia de San Miguel Arcángel. En él desperté a la adolescencia, es decir, al sexo y la muerte como tema recurrente de conversación. Y adelgacé hasta la normalidad. Los campamentos me facilitaron una capacidad de adaptación al medio, social y natural, además de aprender a orientarme en el campo y en la vida. El escultismo me mostró que todos los problemas están sin resolver antes de enfrentarlos. Mi grupo, sito en Carabanchel Bajo, con puesto en el barrio de la Guardia Civil subiendo la calle General Ricardos, transitó años después al maoísmo. Casi todos se hicieron de la Joven Guardia Roja. Yo me había hecho scout para llevarle la contraria a mi amigo Manuel Ignacio que se había hecho de OJE sin avisarme.
Di con el grupo en el patio de la iglesia de San Miguel Arcángel y sin conocer a nadie me apunté. Entré en la Patrulla Linces y era su jefe al mes y medio, con gran enfado de un Nacho que era el jefe anterior, se me dan mal los nachos. Al jefe del grupo lo llamaban Papi, acabó ligando con Izaskun, amor secreto de todas las seisenas de lobatos y más.
La patrulla Linces era una especie de legión extranjera del grupo. Los decentes estaban en Mapaches, uniformes impolutos: Alfredo, el anarquista del barrio, y Juan Antonio, mi amigo más añejo. Por allí también pasaron Emilio y Marcelino. En mi patrulla estaba Eusebio, a quien luego becaría el Ministerio de Justicia en Carabanchel por un atraco; Zapata, que hacía honor a su nombre y dos hijas a Fifi; Javier el pastillas, no digo nada más, y José Carlos, un testigo de Jehová que me llevaba a debatir con su madre sobre la promesa scout. También conocí allí al hombre más manitas del mundo: José L. Porras y a una de la mejores personas que conozco, Juan A. Velasco, alías Morgan, quien me ofreció el mando de su nudo en una etapa posterior de los scout al hilo de la edad crecida.
Mandaba la tropa scout Vidal, luego candidato extremeño por las listas de Izquierda Unida tras el paso por el maoísmo de medio grupo, yo estaba en el otro medio. Vidal tenía una descripción similar a la de Don Quijote de joven y con gafas. Acabó siendo el alcalde socialista de un pueblo o eso dicen. Romero jugaba a minero rojo, la tradición heredada del padre que sí lo fue, se hizo de CCOO y llegó a algo. Una noche me esperó con otros en el portal de mi casa para ajustarme las cuentas por fascista, se disculpó antes y no consiguieron su propósito porque me lo tomé mal. Nieves, una chica encantadora de la que estaba enamorado como el adolescente que era Agustín, amigo y compañero en la melancolía de Simon y Garfunkel en las tardes de domingo antes del paseo a plaza de España con la intención expresa de ligar. La más sonada fue cuando nos ligaron a nosotros en plena calle para una fiesta en una parroquia cercana con un adorable déficit de varones, un baile y una escoba.
Entré en el grupo scout al que daba cobijo la parroquia de San Miguel Arcángel. En él desperté a la adolescencia, es decir, al sexo y la muerte como tema recurrente de conversación. Y adelgacé hasta la normalidad. Los campamentos me facilitaron una capacidad de adaptación al medio, social y natural, además de aprender a orientarme en el campo y en la vida. El escultismo me mostró que todos los problemas están sin resolver antes de enfrentarlos. Mi grupo, sito en Carabanchel Bajo, con puesto en el barrio de la Guardia Civil subiendo la calle General Ricardos, transitó años después al maoísmo. Casi todos se hicieron de la Joven Guardia Roja. Yo me había hecho scout para llevarle la contraria a mi amigo Manuel Ignacio que se había hecho de OJE sin avisarme.
Di con el grupo en el patio de la iglesia de San Miguel Arcángel y sin conocer a nadie me apunté. Entré en la Patrulla Linces y era su jefe al mes y medio, con gran enfado de un Nacho que era el jefe anterior, se me dan mal los nachos. Al jefe del grupo lo llamaban Papi, acabó ligando con Izaskun, amor secreto de todas las seisenas de lobatos y más.
La patrulla Linces era una especie de legión extranjera del grupo. Los decentes estaban en Mapaches, uniformes impolutos: Alfredo, el anarquista del barrio, y Juan Antonio, mi amigo más añejo. Por allí también pasaron Emilio y Marcelino. En mi patrulla estaba Eusebio, a quien luego becaría el Ministerio de Justicia en Carabanchel por un atraco; Zapata, que hacía honor a su nombre y dos hijas a Fifi; Javier el pastillas, no digo nada más, y José Carlos, un testigo de Jehová que me llevaba a debatir con su madre sobre la promesa scout. También conocí allí al hombre más manitas del mundo: José L. Porras y a una de la mejores personas que conozco, Juan A. Velasco, alías Morgan, quien me ofreció el mando de su nudo en una etapa posterior de los scout al hilo de la edad crecida.
Mandaba la tropa scout Vidal, luego candidato extremeño por las listas de Izquierda Unida tras el paso por el maoísmo de medio grupo, yo estaba en el otro medio. Vidal tenía una descripción similar a la de Don Quijote de joven y con gafas. Acabó siendo el alcalde socialista de un pueblo o eso dicen. Romero jugaba a minero rojo, la tradición heredada del padre que sí lo fue, se hizo de CCOO y llegó a algo. Una noche me esperó con otros en el portal de mi casa para ajustarme las cuentas por fascista, se disculpó antes y no consiguieron su propósito porque me lo tomé mal. Nieves, una chica encantadora de la que estaba enamorado como el adolescente que era Agustín, amigo y compañero en la melancolía de Simon y Garfunkel en las tardes de domingo antes del paseo a plaza de España con la intención expresa de ligar. La más sonada fue cuando nos ligaron a nosotros en plena calle para una fiesta en una parroquia cercana con un adorable déficit de varones, un baile y una escoba.
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